miércoles, 26 de junio de 2013

PRESENTACIÓN DE SIETE CIUDADES


Por ELSA J. VARELA

¿Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor?
¿Qué piensa una mujer que acaba de hacer el amor?
¿Regresará a la niñez o más allá de ella? 
(Oficio Puro, El Chino Valera Mora)

Escogí estas líneas para mostrar cómo quedamos cuando estamos ante la presencia de una creación. El Chino Valera, un poeta venezolano que entendió la poesía como quería Machado: como canto y cuento.

Decía Novalis que la poesía es la infancia de las ciencias porque está vinculada al conocer mágico del niño, a esa misma materia adivinatoria con la que él establece sus primeros contactos con la realidad y sin la cual ningún conocimiento racional posterior sería posible. Y es que cuando pensamos en la inocencia, nos transportamos de inmediato al juego, a ese acto de autenticidad que no es otra cosa que la práctica misma de la libertad; porque como lo lúdico no requiere explicación ni implica el conocimiento de ninguna verdad, ese acto inocente se convierte en algo así como el reto de un niño que juega al infinito. 

“Cuando la vida se convierta en un campo de batalla, 
piensa en zapatos de tacón, en un vestido de princesa 
y estalla llena de luz”. 
(Victoria. Siete ciudades) Cierro la cita

Un niño jugando al infinito, en esto mismo pensé cuando Víctor me presentó su libro; específicamente cuando leí el poema que acabo de citar. 

Alguien me decía hace poco que hoy en día a la gente no le gusta leer poesía; que este “género” se está perdiendo y que su sino es desaparecer por falta de público; que ya nadie quiere leer un libro de versos. Y yo digo que sí hay gente que quiere leer, que lo que escasea es gente que quiera comprar. Pero también me pregunto y si lo primero fuera verdad: ¿cuál será esa poesía que la gente rechaza? ¿No será que los inventores de poemas le están ganando a los creadores? 

“Asomo la cabeza por la ventana, 
poso mi mirada indiscreta sobre el mundo
y descubro que son días difíciles para la poesía. 
(La ventana, Siete ciudades)”

¡Vaya indiscreción! Yo digo que el poeta es un creador, no un inventor. Una cosa es la Poesía y otra el invento. La creación se explica por sí sola, mientras que el invento requiere explicación. Y hay que hacerlo porque es un añadido, algo superpuesto, artificioso y por ende, superfluo. A diferencia del invento, la poesía es luz, ventana, como dice Víctor. Hacerla significa crear y no levantar una Torre de Babel que le complique la vida a ese lector que anda buscando a toda costa tocar, llegar pronto a la esencia. 

“Al filo de la roca se cortan las olas, 
una gaviota seca sus alas de abismos 
y preguntas, mientras tú callas en la puerta del mar.

Soy una quimera de sal 
que arde en el aire, un cause sin rumbo,
un Ícaro de alas derretidas por el sol, 
lanzando poemas a furiosos 
guerreros de algas y gnomos de luz.

Tú eres fuego sobre la vía láctea,
espinazo de ballena, canto de delfín. 
Eres una gata negra de grandes ojos verdes,
que me mira interrogante desde la escalera” 
(Ícaro, Siete ciudades)

La poesía es creación, no código inventado, ni adorno, ni lenguaje distinto; es un acto cordial, amigable en el que todos somos capaces de participar. No es eso que nos aparta y nos distingue por vulgar, sino eso que nos acerca a la comunión. Lo poético es lo análogo, lo que nos es común; lo que sugiere sin explicar. La explicación es la dictadura de la comunicación, porque cuando uno explica exige parcialidad. Explicar es limitar; es acotar estirando el verbo, desconfiando y, aparentemente, aclarando para llevar al receptor por un solo camino. Explicar implica regodearse en lo accidental; lo que equivale a dominar, tiranizar, forzar. Con la explicación acentuamos no decimos. Al explicar estamos no solo irrespetando, sino humillando a nuestro receptor y a la poesía misma. Cuando no sugerimos, matamos la universalidad; cercenamos la libertad; apagamos la luz de lo grande y lo sintético; en otras palabras, aniquilamos la creación. 

“Ella habita un castillo
de Uva Caleta,
en su cama de arena,
duerme, pero no sueña”.
(Ella, Siete ciudades) 

He advertido, muy a mi pesar, que hay quienes creen que la Poesía es un cambio de código y, convencidos de ello, tratan de explicar su idea inventándole un código particular y muy singular, demasiado específico y estrecho a sus textos. Esto no es ni simbología, ni analogía ni nada que se le parezca; es, simplemente una torpeza de la comunicación. Explicar es —así sea con otro código— de todas formas explicar. No es, pues, poesía. La poesía alumbra y hasta encandila. El “poeta” que inventa, traiciona a la Poesía, la pone en ridículo, atenta contra su prestigio. De ahí el tedio que ciertas lecturas parecen propiciar, pues intentan plegarse al absurdo objeto de la incomunicación. De ahí que hoy exista una llamada “poesía” que simplemente no hay quien la digiera. Esos son poemas sin Poesía, poemas a base de invento y no de creatividad, porque andan explicando la explicación de lo que ya explicaron. Hablar poéticamente no es hablar en japonés ante un auditorio de hispanoparlantes. Veamos lo que sucede cuando, a consecuencia de lo leído, desentrañamos alguna verdad, nos preocupamos y reflexionamos sobre nosotros mismos y sobre el mundo.

“Adoro esa entrega que tiene 
la impronta de los sueños,
la que inventa y distribuye 
el espectáculo inmóvil de tu cuerpo
mientras la ciudad duerme”. 
(Testigo. Siete ciudades)

Así quedamos cuando está en juego, no solo nuestra inteligencia sino nuestra alma toda, nuestro propio laberinto y no el del poeta; cuando sentimos en el otro nuestra propia presencia. Por eso hoy podemos decir que hemos sido tocados por la Poesía. 
Porque estamos ante un creador, no un inventor: Víctor Jiménez. 

Elsa J. Varela
Miami, 14 de junio de 2013


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