miércoles, 17 de noviembre de 2010

Hemoglobina


“Me gustaría charlar algo más contigo,
pero me voy a cenar a un viejo amigo”.

Hannibal Lector
(El silencio de los inocentes)


            Me costó bastante trabajo hacerme Vegana. Esto de abandonar la carne humana no es tarea fácil. Cambiar mi dieta por una que carezca de productos derivados del Homo Sapiens resultó ser una transición un poco difícil. Comencé a ser caníbal después de ver la primera película de "El silencio de los inocentes". A partir de entonces, Hannibal Lector fue mi héroe favorito.

     Cuando esto empezó yo era una niña de apenas seis años, pero con un apetito voraz. No tenía ninguna aspiración trascendental ni estaba movida por ningún precepto religioso o altruísta. Nada de eso. Lo mío fue un canibalismo meramente gastronómico; pura víscera. A mí lo que me movía era la única y exclusiva necesidad de satisfacer mi urgencia de sangre y proteínas. Lo primero que tuve a mano fue a mis padres que ─ por cierto─ me indigestaron. Después me comí a varios amiguitos del barrio, a un novio, a un profesor que me pegaba con la regla, a un vecino gordo que me gritaba y a un gentío que ya ni me acuerdo de quiénes eran. Bueno, entre hembras y machos, antes de arribar a mi adolescencia ya había deglutido a unos veinte robustos y suculentos ejemplares de Homo Sapiens. Yo los criaba en el patio de mi casa. Allí los hacinaba en jaulas, los sometía con electroshocks y, de vez en cuando, les propinaba severas palizas para ablandarles la carne.

      Con el tiempo mis gustos se fueron refinando y comencé a seleccionar las carnes. Ya no me comía a un prójimo cualquiera. Comencé a degustar finos ejemplares de poetas. Advertí que la de estos era una carne muy blanda, que me dejaba un buen gusto literario en el paladar y que era bien ligerita para el estómago. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que el asado de poeta comenzara a aburrirme. Probé entonces con los pintores. A estos debía cortarlos en trozos pequeñitos. Son ejemplares de carne dura y fibrosa ─casi hueso─ que dificulta mucho el ejercicio de la antropofagia. Entonces comencé a perseguir fotógrafos y músicos. Un par de incidentes con cámaras y celulares me hicieron apuntar hacia los músicos por temor a ser descubierta. Con ellos no fue tan difícil porque mi canibalismo era nocturno. No me costaba mucho ubicar el sonido de un jazz a la medianoche. Pero fueron los músicos quienes en muy poco tiempo me dieran la clave de mi fracaso ulterior.
     
      Después de la una de la madrugada iniciaba yo mi recorrido por la ciudad, como una loba solitaria persiguiendo a sus presas. Casi siempre terminaba en la Calle 8, donde abundan peñas literarias y se exhiben muestras de cine y todo tipo de manifestaciones artísticas. Me daba verdaderos festines. Pero pronto empecé a notar que estos artistas tenían algo en común: un raro sabor a cerdo. Entonces probé con algunos viejitos del parque del dominó y uno que otro filósofo de esquina. Pero nada, el sabor a puerquito de navidad persistía. Tanta grasa humana en mi dieta ya empezaba a resultarme repugnante. Fue entonces cuando pensé en que poco a poco me iría haciendo vegetariana. Pero en eso llegó la crisis más grande de este país y todo se complicó. Entre la crisis y mi hambre tuve que echarle mano a lo que viniera. No podía permitirme exquiciteces porque estaba en juego mi propio sustento. En ese tiempo me sentí como el mismísimo dios Crono ─en versión femenina─ devorando a mis hijos. La vergüenza me carcomía. Decidí dar mis primeros pasos hacia el vegetarianismo. A decir verdad, tanta carne humana ya me estaba trayendo problemas de salud: el colesterol se me había disparado, la presión arterial me había llegado al cielo, había engordando como una vaca y los gases y la constipación ya habían empezado a dejarme mal en público. Un verdadero desastre.

     De vegetariana pase a Vegana, y por un problema de conciencia cívica y ecológica dejé de consumir a mis semejantes. Me daba pena verlos sufrir colgados de los ganchos en el patio. Y eso de engordarlos con frijoles negros hasta hacerlos reventar se hacía cada vez más desagradable. Intenté inseminarlos, pero no pude sacarles cría porque se me morían de stress. En fin, ahora me siento mucho mejor; mucho más ágil, más fuerte, esbelta y, sobre todo, saludable. Claro, debo admitir que la sola presencia de algún poeta o fotógrafo de eventos, me hace la boca agua. Pero me prometí a mí misma que ¡jamás volvería a comer tanta mierda! Juré que ─a pesar de mis genes neandertales─ llevaría una vida sana, aunque tuviese que traicionar a mi héroe Hannibal Lector.



 
Foto: Carla López
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