lunes, 12 de septiembre de 2011

Miradas

Cuando dos miradas se cruzan
se tiran con un deseo insaciable.
Cuando dos palabras acuden
al desencuentro, se golpean
con el instinto de las bestias y
al borde de la violencia pedimos
que nos entiendan.
Pero la palabra se asfixia
para darle una tregua al mordiente odio.
¿Quien será el culpable de lo inevitable?
Quien sabe, porque en este mundo
todos cavan su propia trinchera,
disparando balas de retórica incompresible.
No es buena idea ser poeta en estos días.
Nadie parece darse cuenta de nada;
nadie mira con detenimiento.
Por eso prefiero vivir a la sombra,
para evitar las miradas,
evitar las sutiles sonrisas
en los mismos lugares de encuentro;
con las mismas personas de siempre.
Si el amor rigiera, el odio no seria odio,
sino vicio que se atreve o tienta.
Si existiera una palabra
más sucia para nombrar al odio,
nadie lo invocaría al enarbolar nobles causas.
Odio el odio escéptico,
desorientado, intolerante y barriotero
que todo lo corrompe.

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